Hola amigos, he tenido dÃas de ausencia por motivos de viaje, he leÃdo vuestros mensajes, los que responderé uno a uno, de antemano muchas gracias por siempre estar en este espacio, es reconfortante sentir como las letras son acariciadas por su mirada.
Encontré la siguiente reflexÃón, queriendo compartirla con ustedes, espero la disfruten.
La Anciana
A la entrada del gran bazar se reunÃan toda clase de mendigos. Me llamó especialmente la atención una anciana llena de andrajos que parecÃa la más pobre de todos ellos.
- Por favor -gemÃa-, llevo tres dÃas sin comer.
Rebusqué en mis bolsillos y le di dos monedas. Esperé escondido en un zaguán hasta que se levantó, con el propósito de seguirla y ver en qué invertÃa la parca limosna que le habÃa dado.
Despacio y cansina, la anciana avanzó lentamente entre la multitud que abarrotaba el mercado. Durante unos momentos la perdà de vista, y cuando volvà a verla, caminaba ya mucho más alegre, apretando con cuidado un bulto bajo la túnica.
Tomó un callejón lateral que salÃa del mercado y desembocaba en una especie de plaza calurosa y polvorienta. AllÃ, sentada a la sombra del único árbol que habÃa sobrevivido al terrible viento del desierto, la mujer levantó la túnica y sacó un mendrugo de pan y una magnÃfica rosa roja. Hizo una mueca que debÃa ser una sonrisa, al tiempo que comenzó a ablandar el pan con sus encÃas desdentadas.
La contemplé mientras deshizo el mendrugo lentamente y, poco a poco, se fue comiendo hasta la última migaja mientras observaba la rosa con ojos brillantes. Después, una expresión de paz se reflejó en su rostro.
Me acerqué junto a ella y le pregunté:
- Anciana, ¿cómo es posible que alguien tan pobre como tú haya derrochado una de las dos monedas que le di en esa extraña flor?
La anciana me miró desde sus cien años de sabidurÃa y dijo:
- TenÃa dos monedas. Con una compré con qué vivir. La otra la gasté para tener por qué vivir...
FELIZ DIA






















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22.04.08 @ 09:33